30 de abril de 2013

El traje de luces



Sinceramente tengo que admitir que nunca he sido partidario de las corridas de toros, por la simple razón de que no me resulta agradable ver cómo se matan animales, aunque estén criados para tal fin, y por supuesto menos agradable aún, cuando el irracional en cuestión engancha al torero y se ensaña con él. Me conformo con los espectáculos de forcados portugueses, donde los amadores, a lo sumo, sufren revolcones sin graves consecuencias y donde los toros son liberados para sacrificarlos fuera de la vista del respetable.

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Pero, paradójicamente, también tengo que admitir que me atrae profundamente toda la parafernalia que rodea a esta nuestra fiesta nacional. Sobre todo, esa puesta en escena del llamado arte de Cúchares, que va desde la vistosa indumentaria utilizada, abundante en lentejuelas y colorido, hasta la coreografía empleada en el paseíllo para abrir plaza, en ordenada formación, con recamados capotes de paseo, pasando por el “atrezzo” necesario para complementar la definitiva estampa de los lidiadores y sus cuadrillas.


Ayer, gracias a la amable invitación de su vicepresidente, D. José Vicente de Juan, pude asistir en la Fundación Diario Madrid al acto de inauguración de la exposición “El traje de luces. Historia y evolución de la segunda piel del torero”. Una magnífica exposición con piezas procedentes en su mayor parte del Museo Taurino de Valencia y, entre otras cesiones, las de Enrique Ponce y Vicente Ruiz “El Soro”, en la que se muestran verdaderas joyas del arte del toreo, donde poder apreciar la evolución de los trajes a través de los siglos.

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No hay que estar muy metido en este mundillo para poder disfrutar con su liturgia, pero sí para entender la multitud de términos que la conforman. Sólo hay que escuchar hablar de palometas, morillas, machos, castoreños, gregorianas, esclavinas, alamares, taleguillas, etcétera, a un sastre de toreros como Justo Algaba, o a la directora de la Escuela Taurina de Valencia, Inma Catalá, o al comisario de la exposición, Paco Delgado, o a la concejala y presidenta de la Escuela Taurina de Madrid, Paloma García Romero.

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Con la pasión con la que hablan, realmente dan ganas, al menos a este neófito, de curiosear más sobre este tema, que ciertamente algo de subyugador y mágico ha de tener para que durante cientos de años, tanta gente de variada clase y condición se sienta aficionada y para que a unos pocos les atraiga este arte hasta tal punto, que decidan jugarse la vida.

Fundación Diario Madrid. C/. Larra, 14.
“El traje de luces. Historia y evolución de la segunda piel del torero”
Del 29 de abril al 15 de mayo 2013.
Horario: 10,30 a 20,00 h. Ininterrumpidamente.
Domingos y festivos: 10,30 a 14,00h.
 
Texto y fotos: M@driz hacia arriba©2006-2013 | Manuel Romo

10 de abril de 2013

Letanía de Madrid


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Es gritar a las cuatro de la mañana señalando las churrerías al aire libre de las afueras con los hornos encendidos, como si fuesen los de los asfaltadores nocturnos: “Vamos a comernos unos churros al infierno”.
Es presenciar cómo los churreros hacen los churros como si hiciesen monedas falsas, algo clandestino en la noche, pero legítimo en la mañana.

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Es conservar mucho tiempo, sin que se caiga, la ceniza del cigarro que se está fumando, consiguiendo así la inmortalidad de lo efímero.
Es saber soportar cualquier hambre provisional y comer fachadas y balcones, como si una fábrica de galletas hubiese hecho las casas.

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Es estar haciendo tiempo para una ascensión superior, pues se está matando el tiempo porque se tiene una cita en el cielo.
Es un conjunto de gente ingeniosa que hace el milagro de vivir con una moneda de oro que les dejó una abuela.

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Es tener un gabán que abriga mucho y con el que se puede ir tranquilo hasta a los entierros con relente.
Es una hilera de turistas que entran en el Museo con una gran maleta llena de admiración en la mano.

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Es quedarse alegre sin dinero y no saber cómo se pudo comprar lo que se tiene en casa.
Es esperar, como tortugas, debajo del armario casero a que llegue la primavera.

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Es un sitio precioso para que puedan vivir felices las almas en pena perpetua.
Es que la pulmonía diga: Yo elijo los mejores... No voy a elegir los antipáticos.

Es gritar en medio de la noche: “Vamos a una churriguería cualquiera”.
Es oír gritar a una madre: “¡A ver si te pongo el culo como un tomate!”.


Es meterse las manos en los bolsillos mejor que nadie en el mundo.
Es tan novelesco, que su novela perfecta es la de lo insucedido.


Es oír, en la alta noche, el ladrido y el maullido de lo antiguo.
Es saber que el relente viene de la Plaza de Oriente.


Es el sitio en que hay más gorritos de los niños.
Es llamar a la luna “Pepa la frescachona”.

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Es la improvisación y la tenacidad.
Es el sitio de la muerte sin miedo.

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Es no tener nada y tenerlo todo.
Es un lugar de pocas palmeras.
Es no admitir lo gótico.



Fuente: “Nostalgias de Madrid”, Ramón Gómez de la Serna.
M@driz hacia arriba©2006-2013 | Manuel Romo

2 de abril de 2013

Carlos III de España y rey de Madrid


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Carlos III de Borbón (1716-1788), rey madrileño apodado cariñosamente “el rey alcalde”, aunque también pudiera habérsele llamado el rey arquitecto o el rey urbanista o el rey jardinero. Realizó una serie de obras de tal importancia en la capital y su periferia, que jamás ningún rey, antecesor o sucesor, ha acometido. Para mejorar la ciudad, tuvo la gran suerte de contar con tres arquitectos de primerísima línea: Ventura Rodríguez, Francisco Sabatini y Juan de Villanueva.

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Arquitectos que, bajo las órdenes del monarca, supieron mejorar acertadamente la fábrica de los edificios ya construidos, aumentando, por consiguiente, la calidad de vida de los madrileños. Unificaron y adornaron fachadas, quitaron buhardillas, rectificaron trazados de calles, reordenaron plazas. Por decreto hicieron que los inmuebles tuvieran canalones, bajantes, sumideros y pozos para aguas fecales. Entre otras muchas obras, estos tres genios de la arquitectura, levantaron el Palacio de Liria, la fuente y el puente del Abanico sobre el Manzanares, la Casa de la Aduana (hoy Ministerio de Hacienda), la residencia del conde de Floridablanca (en la calle de Bailén).

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Reformaron la Real Basílica de San Francisco el Grande, la urna sepulcral de Fernando VI del convento de las Salesas Reales, la escalera principal del Palacio Real. Se encargaron de las ampliaciones de los palacios de El Pardo y de Aranjuez, las Casitas Reales de El Escorial, el Oratorio del Caballero de Gracia, la reforma de la Plaza Mayor tras uno de sus incendios, el Hospital General de Atocha, la Real Fábrica de Platería de Martínez, el Palacio de Buenavista, la Imprenta Nacional, la Real Casa de Correos y el Real Observatorio Astronómico. A este Borbón también se deben la red radial de carreteras que convergían en la capital para impulsar los transportes y las comunicaciones. También mejoró las carreteras que conducían a los sitios reales de El Escorial, La Granja y Aranjuez.

Se preocupó de las entradas a la ciudad levantando en la zona del paseo de la Florida, la Puerta de San Vicente (1775) junto a una plaza semicircular y una monumental fuente, hacia el sur la Puerta de Toledo y en el este la Puerta de Alcalá, esta última, puerta real al igual que las de Toledo, Atocha, Segovia y Pozos de Nieve, a las que se sumaban otras doce puertas de segundo orden. En fin, obras que supusieron a la ciudad un aspecto totalmente diferente convirtiéndola en una capital digna y moderna. En la zona del Prado ordenó el terraplenado del prado de San Jerónimo plantando árboles y colocando fuentes para su ornamentación. Mandó construir las fuentes de Cibeles y Neptuno en los extremos del paseo y la fuente de la Alcachofa cerca de la puerta de Atocha. Concibió el Gabinete de Historia Natural, hoy Museo del Prado. En 1767, al trasladar su residencia al Palacio Real, abrió al público los jardines del Retiro, derribó la ermita de San Antonio de los Portugueses y en su lugar construyó la Real Fábrica de Porcelanas de la China, edificio de tres plantas, con un taller para bronces y otro de composición de piedras duras.

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Se levantaron las nuevas caballerizas cerca de Palacio Real, se modificó el perímetro y las tapias de la Casa de Campo y se ordenó que dejara de ser una finca de recreo real para convertirse, una parte de ella en tierra de cultivo y otra parte en pastos para la ganadería. Abrió los paseos de Acacias, Imperial, Ocho Hilos (hoy calle de Toledo) y Pontones. Inició la canalización del Manzanares plantando árboles desde el Puente de Toledo hasta el río Jarama. Dedicó 250.000 reales por año a obras de saneamiento y limpieza y ordenó un proyecto de empedrado de las vías públicas con adoquines. Dotó a los servicios municipales de limpieza de unos vehículos cerrados herméticamente (las chocolateras de Sabatini), para que el ciudadano echara las basuras. Prohibió el uso de armas blancas y de fuego bajo penas de seis años de prisión para nobles o mismas penas de trabajos en las minas para plebeyos. Persiguió los juegos ilegales, sobre todo en hosterías y tabernas, y castigó los juegos permitidos, si se hacían en horas laborables.



Legisló sobre accidentes de trabajo. Prohibió pedir limosnas, que se matara a los toros en las corridas e hizo levas de vagos y maleantes. En 1763 creó la Real Compañía de Impresores y Libreros del Reino, derogando el privilegio concedido 200 años antes por Felipe II a la casa Plantín de Amberes, para la impresión de libros de rezos y ordenó que papel, tinta y colores debían ser producidos en España. Supervisó la Planimetría General de la Villa y en 1765 ordenó numerar con azulejos en las fachadas las 557 manzanas que conformaban Madrid. Dotó de fuentes a las plazas principales y construyó una alcantarilla para aguas sucias desde Alcalá, pasando por la puerta de Atocha, hasta las afueras de la población. Creó los alcaldes de barrio, fundó escuelas gratuitas, diputaciones de caridad y las casas de beneficencia. En 1763 instauró la lotería (la beneficiata), teniendo su primera sede en una casa de la plaza de San Ildefonso. Fundó las Sociedades Económicas de Amigos del País y creó el Banco de San Carlos.

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Trasladó la Real Academia de San Fernando desde la Casa de la Panadería al edificio de la calle Alcalá, la biblioteca de la Academia de Historia a la Plaza Mayor y construyó el Jardín Botánico para acoger el antiguo de Migas Calientes. Realizó reformas en la enseñanza creando el centro de Estudios de San Isidro y las Escuelas de Artes y Oficios (hoy Formación Profesional). Aprovechó las propiedades de los jesuitas expulsados para acoger centros de enseñanza, residencias universitarias, hospitales y hospicios. Creó el cuerpo de vigilantes nocturnos, llamados salvaguardias, con mil quinientos miembros hábiles del Cuerpo de Inválidos y dotó de Ordenanzas al ejército. Permitió el uso de máscaras en los teatros, prohibió los autos sacramentales y la presencia de “tarascas, gigantones y gigantillas” en la procesión del Corpus. Condenó el lujo y limitó en 1770 el uso de prendas costosas. En fin, nada más cierto que lo que Fernández de los Ríos dijo del reinado de Carlos III: 
un descanso en la cronología de míseros reyes, de monjas y frailes intrigantes”.
 
 
M@driz hacia arriba©2006-2013 | Manuel Romo